Recreo para los poderosos: la sentencia a Alfonso Coke y la impunidad institucionalizada
Columna de opinión de Lorena Alarcón Jacque.
Tres años y un día. Ese es el castigo que recibirá Alfonso Coke, exalcalde de Cunco, tras reconocer su culpabilidad en un caso de abuso sexual. No entrará a la cárcel. No perderá sus bienes, sus redes, ni su asado de domingo. Estará en libertad vigilada. Una pena sustitutiva que, en teoría, busca la reinserción social. Pero ¿de verdad alguien cree que quienes han abusado de su poder están marginados de la sociedad?
Este tipo de “salidas” solo están disponibles para quienes tienen peso político, vínculos económicos, y la capacidad de ganar este gallito con el sistema. No todos negocian desde la misma mesa. Coke no solo fue alcalde tres veces, también presidió la Asociación de Municipalidades de La Araucanía. Se codeaba con influyentes empresarios y personajes de la élite regional. Sabía perfectamente que lo más importante no era la justicia, sino el tiempo y los contactos.
Seamos claros: la libertad vigilada en Chile es una medida que, aunque contempla control de Gendarmería y programas de intervención, no se traduce en reparación para las víctimas ni en una sanción ejemplar para la sociedad. Coke, que ya no podía ser reelecto por límites legales, queda inhabilitado para ejercer cargos públicos y para enseñar. Medidas que son casi simbólicas. No enseñaba hace más de una década, y tampoco volvería a candidatearse.
¿Acaso no sabía ya que esas serían las “consecuencias”? Las asumió como un costo menor. Y mientras tanto, ¿qué pasa con las víctimas? ¿Con sus recorridos por las calles de Cunco? ¿Con la sensación de impunidad, de inseguridad, de miedo? Es en ellas donde se instala la verdadera condena: la de ver al agresor caminando libre, en la misma comuna, en los mismos espacios. Porque aquí no se trata solo de una persona que abusó; se trata de un sistema entero que lo protegió hasta el último momento.
No olvidemos que en Lautaro ya se había dictado una sentencia similar contra el exalcalde Schifferli. Entonces, ¿cuál es el mensaje que se está enviando? Que si eres autoridad, puedes abusar. Puedes usar tu cargo para satisfacer tus deseos más oscuros, porque después, con buena defensa, podrás salir a recreo. Sí, con la vista del inspector general —léase Gendarmería— pero recreo al fin.
Chile está cansado de esta justicia de dos velocidades: una para los poderosos y otra para las víctimas. Una justicia que no previene, no repara, no educa. Solo perpetúa la desigualdad. La dignidad de las mujeres no se negocia. La impunidad no puede seguir siendo parte del paisaje institucional. Y la Araucanía merece autoridades que no solo hablen de valores, sino que los practiquen. Porque la libertad de unos no puede ser la condena silenciosa de otras.
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