La otra soberanía

Camilo Guzmán, presidente de Agricultores Unidos.
Opinión10/09/2026Equipo AraucaniaDiarioEquipo AraucaniaDiario
Camilo Guzmán
Camilo Guzmán

Esta semana Chile discutió, con razón, quién manda en el Estrecho de Magallanes. Nadie mencionó la otra soberanía, la que perdemos todos los días sin ruido: la de la mesa. Chile importa más de la mitad del trigo que muele, cuatro de cada cinco kilos del maíz que consume y prácticamente toda su soya. Una parte decisiva de ese abastecimiento proviene de Argentina, el mismo vecino con el que hoy discutimos asuntos de frontera.

Por Empecemos por el plato Piense en lo que comió ayer. El pan. Un huevo en el desayuno. Un pollo o un pedazo de cerdo al almuerzo. Todo eso parece chileno, y en parte lo es: la granja es chilena, el productor es chileno, el molino es chileno. Lo que dejó de ser chileno es buena parte del grano.

Chile importa el cincuenta y seis por ciento del trigo que muele. El maíz que come la gallina y el chancho lo trae casi todo de afuera: de cada cinco kilos que se usan en el país, cuatro entraron por el puerto. La soya, que es el otro pilar de ese alimento, prácticamente no la producimos. Así que el huevo es chileno, pero la gallina que lo puso comió maíz que cruzó la cordillera. Producimos el animal e importamos lo que come. 

De quién comemos

Ese grano viene, sobre todo, de un lugar: Argentina. El año pasado el sesenta y cinco por ciento del maíz importado fue argentino. Este año, hasta julio, va en ochenta. La mitad del trigo, también. Y más de la mitad de la harina de soya. No es solo la comida. De Argentina viene cerca de la mitad del petróleo crudo que refinamos y la totalidad del gas que llega por gasoducto. Y en diciembre la empresa nacional de petróleo firmó contratos para traer crudo argentino hasta el año dos mil treinta y tres. No estamos saliendo de esa dependencia. La estamos amarrando con contrato.

Comida y energía del mismo país. Y aquí quiero ser claro, porque es fácil que esto se entienda mal: Argentina no es un enemigo. Es un vecino, y hace lo que hace cualquier país que se respeta: cuidar primero a los suyos. El problema no es Argentina. El problema es que Chile ha concentrado una parte demasiado importante de su abastecimiento estratégico en un solo origen.

El vecino que ya cerró la llave

Y no es un vecino cualquiera cuando de restringir exportaciones se trata. A Chile ya nos cortó el gas: fue recortándolo temporada tras temporada hasta llegar a un sesenta y nueve por ciento en dos mil siete, tuvo días de despacho en cero en dos mil ocho, y lo cortó del todo en dos mil once. Entre dos mil cuatro y dos mil veintitrés restringió sus exportaciones de gas, de trigo, de maíz, de soya, de carne y de lácteos por lo menos siete veces. Siempre por lo mismo: para cuidar su propio mercado. Nunca fue contra Chile. Pero al que compra afuera el plato roto le llega igual. Entonces la pregunta es inevitable. ¿Qué margen de autonomía conserva un país si una parte sustantiva del pan, el huevo, el pollo y el cerdo depende del mismo vecino con el que puede tener una controversia territorial o comercial?

Menor del que creemos. Y repito, para que nadie se confunda: esto no es una acusación contra Argentina. Es una pregunta sobre nosotros. Un país que pierde capacidad para producir lo que come también reduce su margen de decisión frente a una crisis externa. No fue siempre así, y otros no lo permiten Lo más duro es que esto no es un castigo del cielo. Es una decisión que se fue tomando de a poco durante cuarenta años. La superficie de cultivos de Chile cayó cincuenta y nueve por ciento desde el año setenta y nueve. Casi seis de cada diez hectáreas que se sembraban, hoy no se siembran. 

Mientras nosotros apagábamos el campo, otros hacían lo contrario. Europa dejó escrita la seguridad del abastecimiento de alimentos en el tratado que la une. China tiene una ley de seguridad alimentaria. Japón reformó la suya el año pasado. Suiza incorporó la seguridad alimentaria en su Constitución, votada por su gente. Todos tratan la comida como lo que es: un asunto de Estado. Chile, en cambio, no ha desarrollado una política equivalente de reserva estratégica de granos.

Otra diferencia que merece atención es el origen productivo. Buena parte del maíz y de la soya importados proviene de sistemas que utilizan variedades genéticamente modificadas, mientras que la producción comercial chilena de granos para consumo interno se ha desarrollado mayoritariamente sin cultivos transgénicos. Esa diferenciación puede tener valor en determinados mercados y merece ser considerada como atributo productivo, sin simplificar el debate sobre calidad o inocuidad.

Dónde empieza la soberanía

Alguien dirá que la respuesta es cerrar la frontera. No. La soberanía alimentaria no se defiende con un muro, se defiende produciendo. Y para volver a producir hace falta una sola cosa primero: que sembrar deje de ser perder. Porque el agricultor no se fue del trigo por flojo. Se fue porque cada temporada le pagaron por debajo de lo que cuesta traer el mismo grano comparable desde afuera. Nadie siembra para perder dos años seguidos.

Por eso lo que pedimos es simple, y no hay que inventarlo: que el precio del trigo tenga como referencia una paridad de importación correctamente calculada, transparente, pública y auditable. Esa paridad debe representar el costo real de internar a Chile un trigo comparable en calidad y condición comercial; no una fijación discrecional de precios. Y las reglas del mercado deben impedir que una referencia mal calculada o incompleta termine trasladando toda la distorsión al productor nacional. Ese es el corazón de la Ley del Grano, que lleva meses durmiendo en el Congreso. No pedimos subsidios ni crédito ni obras. Pedimos una cancha pareja y un precio formado con información completa. 

Hace un siglo la fuerza de un país se medía en soldados y en fronteras. Hoy se mide también en algo más simple: en si ese país puede darle de comer a su gente sin quedar completamente expuesto a decisiones externas. Esa es la soberanía de verdad, la de todos los días. Y la nuestra no está solamente en el mapa. Está también en el potrero, y la estamos dejando morir.

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