
El weichafe de la CAM tenía más estudios que la diputada Naveillán
Equipo AraucaniaDiario
Álvaro Quinchinao Hueche es mapuche y era psicólogo, titulado de la Universidad Santo Tomás. Hijo de una familia de hortaliceros de Quepe y primera generación de profesionales universitarios en su familia. Luego de cursar y aprobar exitosamente su carrera, entró a trabajar en el Hospital Intercultural Makewe de Padre Las Casas, encargado del programa de Salud Mental. Trabajaba para ayudar a otros a resolver sus problemas de depresión, adicciones y temas familiares.
Gloria Naveillán Arriagada estudió publicidad en el Instituto Incacea, en una carrera que no superó los 6 semestres y por tanto, nunca pudo optar a un trabajo en la segunda administración del exPresidente Sebastián Piñera, luego de lo cual salió a vociferar en su contra y aprovechando un cupo en el partido Republicano, gracias al Presidente José Antonio Kast, salió diputada. Al poco tiempo renegó también de él y hoy, tras una reelección, tiene asegurado un puesto en el Congreso hasta el 2029.
Dentro de su experiencia profesional, trabajó en una agencia de publicidad, en una empresa cosmética y en una empresa de perfumes, entre otras cosas, según su reseña bibliográfica en la Cámara de Diputados. Dice representar a los agricultores, pero en realidad hasta ellos mismos la acusan de solo velar por los intereses de los más grandes, como Juan Sutil, que financió parte de su campaña electoral.
Ella gana $ 7.942.388 de sueldo por mes, más varios millones más en gastos de representación, bencina y asesores. Él, Álvaro Quinchinao, percibía un poco más de un millón mensual.
Estudios
Y no es que los estudios tengan tanta importancia o definan que tan buena es una persona, útil a la sociedad, solidaria o su calidad personal. Por el contrario, muchas veces el más erudito de los "estudiaos" es el peor de los tipos y la persona más humilde o sin estudios, es el mejor de los seres, el más preocupado y con más inteligencia emocional. Sin embargo, no es el caso.
Según conversaciones que he tenido, con pacientes y cercanos, Álvaro Quinchinao era una buena persona y ponía sus estudios a beneficio de su comunidad. Pensaba en el bienestar de todos y buscaba el bien común, en un área tan sensible y descuidada como lo es la salud mental. Sin embargo, a mi juicio, equivocó el camino, su "otro camino" hacia la libertad, que incluía violencia, atentados y no sólo poner en riesgo su vida, sino la de los demás.
El weichafe de la CAM
Álvaro Quinchinao es uno de cientos —sino miles— de jovenes mapuche que nació escuchando las historias de cómo, hace tan solo dos o tres generaciones atrás, su familia era dueña de tal o cual predio, limitados en este entonces sólo por ríos o cerros. Historias de triunfos contra los españoles —primero— y contra los chilenos, después. También historias de abundancia, de buenas cosechas y de una frontera reconocida —incluso legalmente— que definía un territorio propio: el Wallmapu, ente el Bíobío y el Toltén.
Es probable que también escuchó cómo su tatarabuelo luchó en la última de las guerras de Arauco, en esa desigual campaña que se llamó la "Pacificación de La Araucanía", donde se masacró con balas y pólvora a todo aquel que se opuso al "avance civilizador", mientras se repartían las tierras de la región y se traía colonos engañados a vivir en un Edén, que para ellos nunca lo fue.
Historias que resuenan y se cultivan en el seno de cada familia mapuche, a la espera del día en que se haga justicia, del momento en el que les devuelvan sus tierras. Historias que viajan de generación en generación y no se acabarán jamás. Nunca jamás.
De ahí nacen los weichafes de la CAM o de cualquier otra organización, que con una historia y linaje o raza en común, reivindican sus derechos ancestrales, esos que por conveniencia muchos rechazan o desconocen, repudiando además leyes como el Convenio 169 de la OIT, o la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas.
Con ignorancia estos mismos —entre ellos Naveillán— alegan que habría que "salirse" del Convenio 169 o que no tenemos por qué obedecer "leyes internacionales", desconociendo que su elaboración fue fruto de años de trabajo y análisis del daño que nuestra "civilización", le causó a los pueblos originarios del mundo entero.
El exterminio de los ONA, por ejemplo, en Tierra del Fuego, donde se pagaba por las orejas y los senos de las "indias" para eliminarlas más rápido y asegurar su muerte; o las matanzas de mapuche en nuestra propia ciudad, en Temuco, que siguen latentes en los corazones de sus descendientes y familias.
La violencia
Álvaro Quinchinao Hueche tenía más estudios que la diputada Naveillán y un mundo de diferencias entre sí, pero si en algo ambos coincidían, es que para los dos la violencia es la solución.
Para el primero a través de atentados y lo que hoy llaman "actos de sabotaje" contra la industria forestal, luego de no ser escuchadas sus demandas por décadas; para la segunda, usando las policías para reprimir todo cuanto huela a reivindicación, incluso cancelando al oponente o negando su existencia real, amparada por cierto en la Ley.
Los dos están equivocados y si bien es cierto, «Quod natura non dat, Salmantica non praestat» (en español: Lo que la naturaleza no da, Salamanca no (lo) entrega), ambos —desde sus distintos extremos— podrían haber razonado que para solucionar este conflicto histórico, siempre es mejor negociar.
Siempre es mejor un mal arreglo que un buen juicio, por más que uno u otro tenga la verdad y en este caso, nunca es mejor una bala o la muerte de un familiar, para ambos lados de un conflicto que sí existe y al cual, lamentablemente, nos hemos acostumbrado, hemos normalizado.
Sin la CAM no hay Paz
Siempre he mantenido que sin la CAM no habrá nunca Paz y lo sigo sosteniendo. Esta organización logró unificar un sentimiento dentro del pueblo mapuche —más aún en los jovenes— que capitalizó siglos de lucha, décadas de injusticia y despojo o abusos. Inequidades manifiestas desde el momento de pensarlos incapaces y de creer que ni su propia tierra podrían manejar, hasta hoy.
No eran ellos los incapaces, eran los nuestros los ladrones (*). Los que corrían cercos, los que cambiaban sacos de trigo por hectáreas de tierra, donde después el sargento del pueblo certificaba bien puesta la estaca y bien clavadas las grapas, sobre los alambres que definían falsos deslindes. Un sin fin de historias bien contadas, donde los mapuche no eran los malos y que le fueron dando sustento a la CAM.
Narraciones y relatos que hicieron sentido en cientos de jóvenes y les convocaron a luchar, a revelarse contra la injusticia, a entrar a la CAM.
Quien gana al final
Sin embargo, las guerras las ganan los poderosos y si bien es cierto, puede ser romántico y hasta incluso justo morir por un ideal, quienes tienen las armas y el uso de la fuerza, ganan al final.
Y lo peor, es que esos no están aquí, no viven en Malleco o en La Araucanía. Residen en Santiago, Valparaíso, Londres o Cancún, disfrutando, mientras acá en la región nos tienen peleando —de una u otra forma—, defendiendo sus intereses. Pero así es la vida.
Por eso que es mejor negociar, sentarse a conversar. Lograr acuerdos duraderos, que se mantengan en el tiempo y que nos permitan vivir en Paz. Sin que caiga ningún otro weichafe, sin que sufra ningún otro conductor de camión forestal, sin que ninguna otra madre tenga que llorar un hijo que no verá jamás y sin que ningún hijo tenga que sufrir más, la muerte de sus padres, quemados vivos por defender su hogar.
Con o sin estudios, aunque estos últimos más, en La Araucanía necesitamos Paz y se puede alcanzar.
(*) La corrida de cercos, arriendos fraudulentos por 99 años y en general, el robo de tierra hacia los pueblos originarios fueron hechos ciertos y comprobados, incuso en sentencias judiciales, pero no fue la regla, sino la excepción. Por el contrario, miles de chilenos y colonos honrados trabajaron la tierra honestamente y en buena colindancia o relación con las comunidades mapuche, cultivando lazos de amistad y respeto que aún quedan hoy. Fueron un puñado de delincuentes lo que nos dieron –entre los mapuche— la mala fama que tenemos hoy.


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